Es bien sabido que todo el mundo se afilia al éxito, y pasa con los michirones que muchos son los sitios que se atribuyen su paternidad. Hay gentes que van desde Almería hasta Valencia diciendo que este plato es típico de sus pueblos y que los demás lo han tomado en adopción.

Bueno, yo no tengo intención de tomar partido ni por unos ni por otros, además sabiendo como sé que es un plato de mi pueblo. Pero como murciana de nacimiento, criada en la vega baja y residente en Elche sí que os digo que allá donde los he comido, los michirones o habas hervidas (pragmático nombre donde los haya), o hasta els faves bullies, que no es muy distinto de lo anterior. Pues eso, en cada sitio donde los he comido, cuando han estado bien hechos se podría decir que son idénticos, y como no, buenísimos. Y son más o menos como yo los preparo.

A mí me gusta llamarlos michirones, que es como los llaman allá de donde soy y que es mucho más original que habas hervidas, ¡por Dios, qué nombre tan ordinario!

Mi marido, como era castellano viejo como a él le gustaba llamarse, no conocía esta preparación y cuando vino a vivir aquí se hizo muy aficionado a los michirones. Y es que en verdad es que por esta zona hay algunos bares que los preparan realmente bien y la gente hace, casi peregrinaciones a estos sitios a comerlos. En ell caso de mi marido, realmente no sé si era más amigo de los michirones o de los bares donde los preparaban. Lo que sí era un problema era su padecimiento, más bien el nuestro porque a veces comía demasiados michirones y entonces le entraba lo que se viene llamando el “Síndrome de Thor”, que por ser el dios del trueno nos tenía a toda la familia contra las cuerdas, ya me entendéis.

Sabed que esta comida puede ser o bien el plato fuerte de una comida, o bien una tapa. En los bares de mi zona los suelen poner más como una tapa, en cuenquícos de barro, con un vino o una cerveza hacen parroquia.

Sea como sea y seáis de donde seais, no dejéis de comer esta magnífica receta que seguro que os gustará.

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